
Llueve, y por la ventana del balcón entra una luz amarilla intensa que riega todo el salón. Los días en que la luz blanca de a diario coge sus vacaciones sin avisar son tremendamente extraños. A mí particularmente no me deja concentrarme. Ando con la cabeza de aquí para allá, girando fugazmente la mirada hacia la luz, como preguntando al vacío qué es lo que estaba pensando. Haciéndole guiños a la locura. Así paso los días amarillos.
Creo que un día como hoy es el más indicado para escribir algo, ya que semejante estado mental podría parecerse al "flujo de conciencia" de las novelas de Virginia Woolf. Aprovechar el pensamiento que cruce por mi cabeza y plasmarlo. Aunque pensándolo bien será mejor ajustar un poco el grifo, no sea que una locura inconfesable quede aquí para la posteridad. Por otra parte, como nada es eterno, las futuras generaciones me recordarán simplemente como quieran recordarme. Pero, ¿no es demasiado pretencioso pensar que seré recordado? Sí, por supuesto que sí. No me avergüenzo porque es la chispa de locura que habita en todos nosotros la que mueve mis pensamientos y mis dedos los días amarillos.
¿Y por qué conformarse con pensar como un loco? Cruzar el charco que separa la cordura de las fronteras de lo insano sería mucho más honroso. Dando ejemplo, como un buen mesías del siglo XXI. Salir a la calle sin freno de mano, arrasando con todos los carritos del mercado y los carteles de las rebajas, predicando la buena nueva con una sintaxis inventada para la ocasión, insultando a los banqueros y correligionarios. Y luego, a saltar a la comba con un cable de alta tensión. Pero todo esto no lo voy a hacer, porque lo más me apetece es quedarme en casa al refugio de la lluvia que siempre baña los días amarillos.
Con las hadas madrinas perdidas en combate y los ángeles de la guarda de compras, no me queda más remedio que encomendarme al silencio de mis cuatro paredes, testigos inmutables de mi paso por el mundo en estos días. Quizás algún día pueda mirar atrás por encima del hombro y despedirme de ellas con un gesto hortera estilo de los ochenta. Mientras, pasan los días como moscas. En círculos. Ahora ya no sé ni cómo ni cuándo me espera el destino a la vuelta de la esquina. Atrapado como el animal que nunca he dejado de ser, esperando encontrar la tierra prometida. Y mientras escribo estas lineas me doy cuenta que la noche ha terminado por desteñir el color de mi día, ha vuelto todo a la normalidad. Me pregunto, ¿cuándo he vuelto?





